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Anoche vi con mi nieto la película The Odessa File (1974), basada en la novela de Frederick Forsyth e interpretada por un muy joven Jon Voight, en el papel de joven periodista a la caza de criminales de guerra nazis en la Alemania de postguerra; Maximilian Schell como SS-Hauptsturmführer Eduard Roschmann, un personaje de la vida real conocido por el apodo “el Carnicero de Riga”, obtenido cuando fue comandante del gueto de la capital de Letonia; y Ernst Schröder como Simon Wiesenthal. El film me trajo recuerdos muy vívidos de una época, cuando era soltero y vivía en una pensión en El Bosque en Caracas, regentada por una pareja de viejitos, que llegaron a Venezuela huyendo de la Guerra Civil Española. Trabajaba de día en la Biblioteca Nacional entre Bolsa a San Francisco y de noche estudiaba Letras en la UCV.

Los sábados me quedaba leyendo en casa y uno de esos fines de semana, metido de lleno en The Rise and Fall of the Third Reich de William L. Shirer, que había conseguido en la Librería Americana en el Concresa, administrada por el hijo de los dueños de otra librería inglesa en Altamira - Caracas tenía entonces dos librerías en inglés, dos alemanas, dos francesas y dos italianas -, cuando otro inquilino de la pensión se sentó en un sofá viejo en una salita que compartíamos los inquilinos de las tres habitaciones de arriba. Era un hombre de unos ochenta años, gordo, con una barba de candado ya blanca, que decía llamarse Herr Pardo, un apellido sefardita. Hablaba muy mal español y empezó a contarme cómo había llegado al país en los años treinta para trabajar durante décadas como vendedor ambulante en el área de Barlovento y el Oriente venezolano. Cuando supo que estudiaba Letras me pidió que lo ayudara con unas memorias que estaba escribiendo. Todo me parecía muy sospechoso. ¿Tiene medio siglo en Venezuela y habla como si hubiera llegado de Berlín media hora antes, sin rudimentos del castellano? Le dije que lo pensaría y seguí leyendo.
El fin de semana siguiente me volvió importunar e insistió. Unos días después volvió a preguntarme, ya no hallaba qué hacer y le dije que era judío (no lo era), que estaba leyendo una historia del III Reich, y le pregunté si tenía algún conocimiento sobre la época. El hombre se puso muy nervioso, se levantó y se encerró en su cuarto. Era un sábado y como todos los fines de semana en la tarde llegaba un Mercedez Benz negro, se estacionaba en la calle ciega justo frente a la pensión, se bajaban del carro dos hombres rubios, de ojos azules, altos y de porte atlético, hablaban con los dueños de la pensión, pagaban la mensualidad si correspondía y luego se encerraban en el cuarto por una media hora con Herr Pardo. Cuando salieron del cuarto ese día me encontraron leyendo en el sofá y se quedaron un rato delante de mí, observándome atentamente, uno con los brazos cruzados y el otro con las manos juntas delante de sí. No dijeron nada, pero no se iban. Me incomodó la situación y me encerré en mi cuarto, ya plenamente convencido de que tenía como vecino a un criminal de guerra nazi.

Si durante la mañana Pardo salía de su habitación y me veía, se encerraba de nuevo y esperaba que saliera a trabajar y de noche nunca lo veía, llegaba muy tarde de la Universidad. Siguieron las visitas del Mercedez Benz, me miraban de reojo cuando entraban al cuarto de su compatriota, pero ya convencido al terminar el libro de Shirer, que me encontraba en una fase no documentada del Goetterdämmerung, decidí tomar cartas en el asunto. Conocía en esa época a gente en la Embajada de Israel, todavía recuerdo el número telefónico de las oficinas en Los Ruices: 239 4511. Unos meses atrás había escrito antes una larga reseña para el diario El Universal sobre la última novela de John Le Carré The Little Drummer Girl, donde aproveché para cuestionar las políticas del Likud sobre los asentamientos de la Franja Occidental del río Jordán. Al día siguiente llamé a la Embajada para que revisaran mi artículo, me pasaron a la responsable de prensa y me contó que habían llamado a la comunidad judía para saber quién era y nadie me conocía, que el Embajador, Arq. Oscar Pri-Sar quería conocerme. Hicimos una cita para un par de días después y para mi enorme sorpresa me concedió al menos dos horas de su tiempo. Conversamos mucho de literatura, conocía bien a Le Carré, pero, por supuesto, no estaba de acuerdo con mis conclusiones. Me regalaron unos libros sobre la política en el Medio Oriente, sobre el Rey Hussein de Jordania y la dinastía Hashemita, cosas así, y regresé al trabajo, del cual había pedido permiso para ausentarme en la mañana.
Voy a comprar una cámara pequeña, me dije, le voy a tomar fotos a Herr Pardo y las voy a llevar a la Embajada, se las van a enviar a Wiesenthal y seguro identifican al individuo. Compré una camarita en Sabana Grande y mientras esperaba la ocasión adecuada para retratar a mi enemigo, que ya casi nunca salía del cuarto, enloqueció y lo internaron en un hospital psiquiátrico público, según me explicó la Sra Carmen, dueña de la pensión. Nunca pude tomarle una foto. Pocos días después una comisión de la PTJ tocó el timbre y me explicaron que Herr Pardo se había acercado a la sede central de la Policía Técnica Judicial en Parque Carabobo a denunciar que alguien lo quería asesinar. Le expliqué a los detectives quién era, dónde trabajaba y finalmente les informé que Herr Pardo estaba hospitalizado, sufría de delirios de persecución, un típico síntoma esquizofrénico, en un hospital del Estado. Anotaron todo, se fueron y más nunca volvieron, Herr Pardo tampoco.
¿Qué decisión hubiera tomado en aquella época de haber tenido la experiencia que tengo ahora, tanto en función de “mi madurez espiritual”, entre comillas, o después de haber estudiado hebreo e investigado a fondo la historia de la Shoá (שואה)? Una situación similar a la de aquel clásico de la novela picaresca española Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, que narra la vida de un pícaro sevillano a finales del siglo XVI. La primera parte es el relato de sus fechorías y la segunda, el mismo cuento, pero recordado años más tarde desde la perspectiva de la madurez y el arrepentimiento acumulado del personaje, luego de haber atravesado ese duro espacio de la máxima religiosa: spatium verae poenitentiae. Podría contar este episodio de mi vida de igual forma: recordando en primera instancia lo que ocurrió, intentando colocarme en los zapatos de aquel joven insensato; y luego repetir la narrativa, pero ya desde mi condición actual, pensando lo que pude haber hecho. Herr Pardo murió loco, perseguido por él mismo, incapaz de reconciliar esas dos etapas de su vida que hicieron famoso a Guzmán de Alfarache, quizás sin la fibra moral necesaria para detectar la posibilidad de otra forma de pensar desde la cual hubiera podido evaluar lo que hizo. A lo mejor se negó a reconocer algo inapropiado, las acciones que llegaron a perseguirlo y encerrarlo en un manicomio. Sigo convencido de que Herr Pardo fue un perseguidor, pero también sé que hoy no tendría intenciones de perseguirlo, así tenga mis razones.
¿Voy a convertirme en justiciero de los demás, ahorcarlos, cortarles un brazo porque robaron o asesinaron y hacer campaña para quitarles la nacionalidad como hacen los iraníes o Daniel Ortega? ¿Quién soy yo para ser juez de nadie? Más cosas tienen que perdonarme a mí. Es la única lucidez posible desde la cual se podrá reconstruir el país.
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