Diarios

Diario literario 2026 (junio #2)

Los Durmientes de Mimmo Paladino; El Césaire de Sánchez Peláez; Melancolía metafísica: De Chirico pintura & poesía; La madre de De Chirico

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Milán, viernes 12 de junio de 2026

Hoy cumpleaños del nieto Alessandro, “mon semblable”, mi camarada en el exilio.

Milán, sábado 13 de junio de 2026

I Dormienti de Paladino

Mimmo Paladino (1948) fue uno de los integrantes del legendario movimiento artístico Transavanguardia, del cual Achile Bonito Oliva fue su principal animador y teórico. Se refería Bonito Oliva a una serie de jóvenes artistas que no participaron de las ideas “deconstruccionistas” de los miembros del Arte povera, esa guerrilla artística que atentaba contra el arte establecido, acogido con entusiasmo por la creciente burguesía italiana. La iconografía de los arte poveristas utilizaba materiales de residuo, productos industriales como el plástico, desechos, ropas viejas, luz neón, aparatos radiofónicos, proponiendo una forma de arte sin los soportes del arte convencional. La Transavanguardia era lo contrario. Un verdadero regreso a la pintura. A los viejos soportes, al lienzo y al pincel. Sin un tema común, todos coincidían en exaltar las posibilidades de revelación del arte de la pintura. Mimmo Paladino pronto superó los esquemas de la Transavanguardia incursionando en la fotografía, el cine, así como en diversas formas de tridimensionalidad. Dos de estas obras son dignas de la memoria de los contemporáneos. La primera es “Montaña de sal”, que pude admirar en el patio del Palazzo Reale de Milán en 2011. En realidad, era eso. Una montaña de 4-5 metros de la sal más blanca. Y más silenciosa. Aquella blancura, tan metafísica como unas botellas de Morandi, era interrumpida por algunos caballos de negro metal, hieráticos, mudos también, convencidos de que habían llegado para quedarse custodiando la blancura acumulada. La otra obra de Paladino, que no estoy dispuesto a olvidar, son sus “Durmientes”. Más de veinte esculturas en terracota de personajes que parecen muertos o restos de muertos, como los moldes de Pompeya. El drama se presenta a medida que nos acercamos y observamos, por sus rostros, que no están muertos. Duermen un sueño que sospechamos no tendrá un despertar. No están muertos, pero duermen para siempre. Su reciente muestra en la oscuridad inmaculada de la sala subterránea del Palazzo Citterio de esta ciudad, es una de las experiencias plásticas más conmovedoras que me ha tocado presenciar en los últimos años.

Milán, lunes 15 de junio de 2026

El Césaire de Sánchez Peláez

Por alguna oscura filiación, el venezolano Juan Sánchez Peláez (1921-2003) mantuvo una admiración indeclinable por dos poetas del Caribe: Aimé Césaire, martiniqueño y Magloire Saint-Aude, haitiano. Y que ambos hayan compartido el imaginario surrealista no lo aclara todo. Me alegra pensar que razones geográficas hayan estado en el origen de esta deriva. Al fin y al cabo Venezuela es tan caribeña como Haiti o Martinica, y los tres poetas compartieron el mismo mar con sus gaviotas alucinadas y sus costas de nácar, así como una residencia iniciática en París. A Césaire lo conocía antes de que Juan me hablara de él. Su libro más difundido era accesible en una edición mexicana. No obstante, del otro poeta nunca había escuchado ni siquiera el nombre. Magloire Saint-Aude y sus libros eran “incunables”. Recuerdo que, en 1973, cuando me preparaba para pasar unas semanas en Nueva York, me pidió que me acercara hasta la mítica librería francesa de Rockefeller Center y preguntara por los libros de Magloire. Así lo hice. Ni idea. Ninguno de los enterados dependientes había escuchado el nombre del poeta. Mucho más tarde, ya muerto Juan, conseguí en la librería Tschan de Montparnasse, Dialogue de mes lamps, volumen que recoge toda la magnífica producción del poeta. No obstante, habría de durarme poco la satisfacción. Esa misma noche se lo regalaría a un amigo vietnamita-francés que no lo conocía. Como bien puede y suele suceder, nunca más el libro se puso al alcance de mis ojos. Césaire siempre ha sido más fácil de conseguir. Su estupendo Cuaderno de un retorno al país natal, fue una especie de best-seller cuando fue publicado y lo sigue siendo, desde que fue incluido en la colección Poésie de la editorial Gallimard. De Magloire no conozco ninguna traducción de Sánchez Peláez. De Césaire, esta es su versión de un fragmento publicado hace poco por Latin American Literature Today:

Visita

oh marejada anunciadora sin nombre sin polvo
     de toda palabra vinosa
marejada y mi pecho salado con las ensenadas de los
             antiguos días y el joven color
tierno en los senos del cielo y las mujeres eléctricas
de cuáles diamantes.

fuerzas eruptivas trazad vuestros orbes
comunicaciones telepáticas volved a través
         la materia refractaria
mensajes de amor extraviados en los cuatro rincones del
          mundo
regresad reanimados por las palomas viajeras
   de la circulación sideral.

para mí nada que temer soy antes que Adán no dependo ni
del mismo león ni del mismo árbol soy de otro calor y
   de otro frío
oh luces oh rocíos oh fuentes oh culebras oh despojos
de ciudades de estrellas
mi infancia leche de luciérnaga y estremecimiento de
                  reptil

pero ya la ciudad se impacientaba hacia el astro y la
      fortaleza y nosotros huíamos
sobre una mar combada y plantada increíblemente con popas
   de naufragios hacia una
orilla donde me esperaba un pueblo rústico que se inter
               naba en los bosques–
   teniendo en sus manos ramos de hierro forjado–el sue
   ño camarada sobre la escollera– el perro azul de
   las metamorfosis– el oso blanco de los icebergs y Tu
   muy salvaje desaparición
 tropical como una aparición de lobo nocturno
 en pleno mediodía.

Milán, miércoles 17 de junio de 2026

Melancolía metafisica

Los organizadores de las exposiciones de arte son como los críticos de literatura. Lo único que se les pide es la revelación. Despojar del velo a un autor, o una obra del autor, que nos permite verla de manera diferente a lo convencional.  La elefantiásica muestra de Rothko en la Fundación Louis Vuitton de París, la más exhaustiva desde la legendaria en el Guggenheim de Nueva York en 1980, no ofrecía nada que no supiéramos. Allí estaba el maestro en toda su grandeza, algo que no tenía nada de nuevo. En cambio, del mismo Rothko, su exposición en Florencia fue reveladora por lo menos en un aspecto. Si bien no me tomé la molestia en visitarla, recibí unas imágenes de mi hija desde el Museo de San Marco que mostraron un Rothko desconocido para mí. Los organizadores del evento seleccionaron cuatro telas del artista para colgarla al lado de igual número de frescos realizados por Fra Angelico para las modestas pero recogidas celdas del histórico convento sede del Museo. No sabía, o imaginaba, que Rothko, de ortodoxo origen hebreo, se hubiese conmovido ante la discreta pero conmovedora iconografía del Angelico. Esto es lo que llamo revelación.

Algo parecido me ha sucedido con la gran exposición que el Palazzo Reale de Milán ha dedicado a De Chirico y sus compañeros “metafísicos”  en la Ferrara de 1917. Metafisica/Metafisiche, es como su impecable organizador, Vincenzo Trioni, llamó la muestra. Lo cual no tiene nada de especial. Lo que me resultó novedosa fue la segunda parte del nombre, “Modernidad y Melancolía”. Así pude volver a la obra de Giorgio de Chirico con otra mirada. Considerando la mejor parte de su producción como expresión de una sostenida melancolía. Algo que no había hecho con anterioridad. El responsable del evento, el profesor Trioni, me había revelado el lado negro (mélan) de la obra del italiano. Atribuyo la melancolía de esa producción a la costosa guerra que se combatía a pocas horas de la ciudad de Ferrara, donde se encontraba el artista. “Ferrara es la más metafísica de las ciudades”, afirmó De Chirico en una oportunidad. Y puede serlo. Un espacio urbano suspendido en el tiempo renacimental, con su herencia de la ilustre familia Este, y su gheto, inmortalizado por Bassani y De Sica en sus respectivos Fizzi-Contini. Concluía afirmando en una reseña que se trataba de una especie de melancolía reactiva. Un hombre en situación reconocía que se vivían los “últimos días de la humanidad”.

Sólo ahora entiendo que, si bien es cierto que hay un componente reactivo en la melancolía del arte de Chirico, su origen no era tan inmediato. La melancolía es una alteración del humor que fue el tema de muchas de sus obras. Y no sólo pinturas. De Chirico que, como él mismo reconoce sin inmodestia, era un buen escritor, fue el autor de una obra poética nada deleznable. Incluido un poema temprano dedicado precisamente a la melancolía. Escrito en francés en 1911, al comienzo de su estadía parisina (1911-1915), esta es mi versión al castellano:

Melancolía

Agobiada por el sufrimiento y el amor
mi alma se arrastra como una gata herida.
La belleza de las altas chimeneas rojas.
El humo sólido.
Un tren silba. La pared.
Dos alcachofas de hierro me miran.

Yo tenía un propósito. Ha dejado de ondear la bandera.
Felicidad, te he buscado.
Un pequeño anciano cantaba con dulzura
una canción de amor.
La canción se perdió en el rumor
de la multitud y las máquinas.
También desaparecieron
mis cantos y mis lágrimas
en tus horribles círculos,
oh eternidad.

El joven artista-poeta había escrito en otro texto “En el húmedo patio/observo desde mi ventana el cadáver de mis ilusiones”.

Ilusiones que quedaron atrás cuando la familia decidió abandonar su Grecia natal para volver a Italia. Y esta es la segunda y más profunda razón de su melancolía. Que es la de todo exiliado. Una condición que se reitera en su primera producción y en poemas tan desgarrados como este “Epodo”, escrito en italiano, y que traduzco para este cuadriculado cuaderno:

Epodo

Regresa, ¡oh felicidad primera!
La alegría vive en extrañas ciudades,
magias nuevas caen en la tierra.

Ciudad de los sueños no soñados,
con santa paciencia construida por demonios,
es a ti que, fiel, yo cantaré.

Un día también seré una estatua solitaria,
esposo viudo sobre el sarcófago etrusco.
Entonces con un gran abrazo de piedra,
oh ciudad, abrázame como una madre.

Con pulcritud obsesiva, De Chirico no menciona la palabra “exilio” en su poesía, ni la utiliza para ninguno de sus cuadros. Pero las imágenes simbólicas están allí, en sus telas: trenes, barcos de vela, “extrañas ciudades”, ruinas de arte griego, columnas, siluetas, incomunicación, aislamiento, soledad. “Felicidad te he buscado”. Ya lo había escrito el maestro: “La obra de arte debe representar un aspecto que no se manifiesta en la forma visible del objeto representado”. No pocas veces ese aspecto invisible es su condición de exiliado,  caldo de cultivo de la melancolía. Pocas iconografías más enigmáticas que la de De Chirico. Lo que no debemos confundir con incomprensible. El enigma de la esfinge está allí, esperando para ser resuelto. En la versión de Melancolia della partenza de la Tate, la representación del exilio es la más dramática. Realizada en 1916, mientras el artista prestaba servicio como civil en el ejército italiano, la pintura representa, a la izquierda, una bandera anónima todavía ondeando. En la parte superior, un cúmulo de objetos conocidos o imaginados. Y en la inferior, un mapa impreciso de la Grecia natal para siempre perdida, ese húmedo patio donde observa el cadáver de sus ilusiones.

Milán, jueves 18 de junio de 2026

La madre de De Chirico

Este poema de Giorgio De Chirico es probable que nada tenga de metafísico. Ni siquiera estoy seguro de que sea un gran poema. Sin embargo, nadie negaría de que se trata, su lectura, de una experiencia conmovedora. Y, en sus orígenes, la poesía tenía la función, entre otras, de conmover a la tribu. Cómo hiciera Homero al cantar la última entrevista entre Héctor y Andrómaca. Fue escrito en francés en agosto de 1911. De Chirico tenía veintitrés y vivía en París. Es probable que el poeta, nacido en Grecia, de padres de la nobleza italiana, se refiera al viaje en tren que realizara con su madre de Milán a Madrid en 1910. Con su madre, se había radicado en Italia en 1906. Atrás quedó para siempre el paisaje griego de su infancia y adolescencia.

A mi madre

Después de dejar la plaza en la ciudad de los vencedores
las altas torres y las amplias plazas cuadradas
el tren rodaba ardiendo en el calor del verano
la gran llanura abigarrada, las moscas en la comida
la fruta que nadie comía por miedo al cólera.
¡Cómo apestaba el cuarto del hotel!
No había ninguna alegría. El soldado solitario
en el vagón y la tristeza de la familia. La madre
el único consuelo. Débil, pero siempre valiente
cuando es necesario –el sudor me corría por el cuerpo-
El mal sabor en la boca. La enteritis me quema
las entrañas. Y la noche tan caliente.
El llamado de la retirada al atardecer;
el médico que se levanta en la noche,
los cafés llenos de gente; la trivialidad
de la muchedumbre. Y la madre único consuelo.
La madre débil y dulce, pero siempre valiente
cuando es necesario.

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