Diarios

Diario literario 2026 (agosto #2)

Molière en Pézenas; Machado en Collioure; un italiano en España; Ventadour is back; indianos

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Molière dans le rôle de César (1658), por Nicolas Mignard

Pézenas, jueves 6 de agosto de 2026

Molière en Pézenas

He olvidado los detalles de la biografía de Moliere, y me preguntó qué veía el gran comediante en esta pequeña ciudad en el medio de Occitania a más de 700 kilómetros de París. No debería haber olvidado yo que en Pèzenas, después de la derrota de Montmerency en Castelnaudary, a raíz de su alzamiento contra el poder real de Luis XII, reinaba Armand de Borbón, príncipe de Conti. El Borbón desde niño fue un amante de la comedia teatral y, al mudarse de París a la Pézenas que había sido de los Montmerency, invitó a Moliere quien, a partir de 1653, haría de dramaturgo de la corte de Conti. El alzamiento de Montmerency contra la corona debe entenderse como el último intento de rescatar la autonomía de la que había disfrutado Occitania hasta la sangrienta cruzada contra los albigenses ordenada por el papa en 1209. El príncipe de Conti fue durante un tiempo un gobernante liberal que favoreció el desarrollo económico y cultural de la región heredada de Montmerency. Molière era una muestra de su confianza en las posibilidades del arte y la literatura. Por desgracia, su apertura no superó las críticas de su obispo y de su esposa y, en 1656, retira su apoyo a Moliere. “A brûlé ce qu’il a adoré”, quemó lo que más quiso, que fue, la comedia, el teatro.

Pézenas, viernes 7 de agosto de 2026

Molière residió por los menos en tres ocasiones en esta ilustre ciudad del sur de Francia. Aquí desarrolló su comedia y gracias a Conti se convirtió en el mejor comediógrafo del parlar materno. La ciudad lo recuerda con edificios y plazas con su nombre y un delicado monumento en el centro mismo de la ciudad. Después de la ingrata ruptura con su protector, convertido al radical catolicismo, Molière volverá a París donde disfrutará de la no deleznable protección del hermano de Luis XIV, cuando no del mismo monarca. No es una ligereza sugerir que la carrera de Moliere evoluciona en un antes y después de Pézenas.

Begur, sábado 8 de agosto de 2026

Collioure

Mis primeros poetas (aparte del obligatorio Andrés Eloy Blanco) fueron dos vates sevillanos. El primero, Gustavo Adolfo Bécquer, cuyas Rimas y leyendas encontré en la biblioteca de mis padres y su lectura formaba parte del programa de primer año de bachillerato. Me llamaron la atención aquellos cuentos, tan distintos a Dostoievsky (mi héroe en esa época) que son el mejor romanticismo alemán escrito en castellano, pero sobre todo sus poemas. Me impresionaba aquella musicalidad tan delicada y distinta a la de otros vates españoles, como Calderón o Zorrilla (también lecturas del programa), más cerca de Darío que de Vallejo me parecía: “Del salón en el ángulo oscuro…” Bécquer fue el poeta de mi adolescencia. Me sentí bien en su compañía, aunque el agónico pesimismo de algunos textos me resultaba desolador. ¿Cómo es que el amor era así?:

Pero aquellas
cuajadas de rocío
cuyas gotas
mirábamos temblar
y caer como
lágrimas del día…
ésas… ¡no volverán!

Años después, leería el magnífico ensayo de Guillén, que revela la original grandeza del efímero Bécquer. Y, poco después, leería la “imitación” que hiciera Robert Lowell del poema de las golondrinas, que terminaría siendo uno de los mejores textos del norteamaericano, al cual me referí de modo dilatado en otra página de estos cuadernos.

Begur, domingo 9 de agosto de 2026

Collioure (2) Machado

Desde hace mucho, me había resignado a no visitar Collioure. Una especie de Meca personal negada para mí por la fortuna. Me la imaginaba, sin embargo. Una pequeña ciudad costera al pie de los escarpados Pirineos. La etapa final de la apresurada huida de Antonio Machado y los suyos, que había comenzado en Barcelona. No obstante, como los napolitanos, no creo en Dios, sólo creo en sus milagros. Que fue lo que confirmó mi visita a la pequeña localidad francesa llevado de la mano por Constanza, mi hija. Hace dos años mi paisano, Ricardo Bello, haría lo propio, llevándome a la casa natal del vate en Sevilla. El círculo ahora se cerraba. Una experiencia que se iniciara hace casi sesenta, años cuando el autor de Campos de Castilla se convirtió en el segundo de mis poetas sevillanos, y el más permanente. Publiqué mi primer libro, Espacios, en 1974 y fue él y no Perse o Michaux, o Pessoa, o Eliot o Ginsberg o Celan, a quien seguí de cerca. Lo mismo he hecho con mis últimas poesías, recogidas en Flota el tiempo (2025), o en Tierra Tierra, aún inédito. Para mí, Machado ha sido el primero entre mis maestros, no sólo en el arte de la poesía; sino en el más arduo arte de la vida, en el cual, helas!, he sido menos consecuente. La entrega absoluta de Machado al ejercicio de la ética, como hombre y como artista, fue lo que lo llevó a atravesar los Pirineos con su madre y su hermano, seguido de cerca por las asesinas milicias franquistas. La huida no podía ser más penosa, justo en lo más duro del invierno, y a largos trechos caminando ante la prohibición francesa de atravesar su frontera en carro. Un pase especial le sería facilitado para que terminara el paso en un precario vehículo amigo. He medido mi vida pensando en este poeta iluminado, el más grande de su lengua desde Quevedo. Recuerdo la lectura de sus prosas en las clases de Fisiología en la Universidad de Carabobo. Había sido privilegiado con un ejemplar de la mi primera edición coherente de sus poesía y prosa publicada por Losada en un hermoso tomo en piel roja y letras en oro. No exagero al escribir que temblaba de pies a cabeza cuando, con mi mujer, visité la tumba de mi amado poeta. Todavía tiemblo al escribir esta página de mi diario. En aquel momento cargado de patetismo sólo se me ocurrió dejarle unas líneas, que sé que le habrían gustado: “Que Dios te acompañe, Antonio, si te agrada la compañía”.

Begur, lunes 10 de agosto de 2026

Un italiano en España

Una delicia los Sextetos para oboe, especialmente el quinto, de Gaetano Brunetti, el maestro italiano que, en 1758, se fue con su padre a trabajar en la corte de Carlos III, la última corte ilustrada de la nada ilustre historia de la monarquía española que siguió a su reinado. Carlos III había llegado a aquel Madrid pueblerino de Nápoles, la más cosmopolita de las urbes, con París, donde había construido el Palacio Real de Caserta, la más imponente residencia real con Versalles. La diferencia es que, con su espíritu racionalista, como buen émulo de la Ilustración, se había hecho construir un pequeño observatorio y otras dependencias dedicados al estudio y la ciencia. Desde Roma había llegado Carlos, dejando sus amplios espacios de Palazzo Farnese, diseñado por Buonarroti. Aun hoy los romanos lamentan su partida. Siguiendo el carruaje real, los cientos de carretas que mudaban a Nápoles la colección Farnese, las más reveladora de las colecciones de arte de la antigüedad. Hoy ocupando decenas de salas del Museo Antropológico de Nápoles. Aun cuando la música no gozaba de su simpatía, Carlos III no se opuso al desarrollo de la actividad en su corte. Para compensar, la fortuna hizo que el heredero, en una de sus pocas prendas, fuera un estudioso de la música para violín. A Madrid llegaron compositores como Domenico Scarlatti, el verdadero Orfeo de su tiempo, y en esa ciudad moriría. O Luigi Bocherini. O intérpretes como Farinelli, el más grande “castrato”. Y cerca de la corte trabajaba el Padre Antonio María Soler. Brunetti llegó a este ambiente ilustrado y desarrollaría una interesante actividad que, como la de Haydn, se proponía salir del Barroco para aventurarse en las posibilidades de una música con aspiraciones clásicas. Muerto Carlos III, el nuevo monarca, Carlos IV, que había sido su estudiante le ofreció su augusta protección. Los Sextetos para oboe, que llevo días escuchando, son una muestra de este compromiso con lo clásico. Una música refinada, sin los énfasis ni desgarramientos del Barroco. Buenos para estos tiempos conmovidos, de desgracias naturales y políticas, de genocidios impunes y neo-colonialismos desalmados, como todo colonialismo que se respete. Algo que hay que agradecer a los intérpretes del Concertum Koln, quienes tempranamente grabaron la música del maestro, redescubriendo esta música, delicia de los sentidos y cura para el alma destartalada de los tiempos. Su confianza en las posibilidades de la racionalidad son las más estimulantes.  Las versiones que escucho son las de Roberto Silla con Il maniatico ensemble.

Begur, martes 11 de agosto de 2026

Dalí

Visita a la casa de Salvador Dalí en Portlligat con sus inevitables muestras de kitsch franquista. No obstante, la casa impresiona por el tono intimista de la arquitectura, en contraste con la aparatosa vida pública del maestro. De reducidas proporciones y laberíntico diseño, albergó al artista y su esposa gala desde 1930 hasta 1982.

Ventadour is back

Me cuenta Miguel Gomes, cuya infancia transcurrió en estos paisajes catalanes, que una vez formaron parte del llamado Languedoc, que había viajado hasta un pueblo no distante de Girona, donde todavía se hablaba el occitano, que es como se conoce también al provenzal. La experiencia tuvo no poco de frustrante ante la inexactitud de la información. Lo que se hablaba era un dialecto corrompido del “parlar materno”. Es una lástima, porque el provenzal es una de las lenguas más “dulces” derivadas del latín. Una muestra es el recital que la RN Clásica le están dedicando en estos momentos a Bernard de Ventadour, uno de los poetas protagonistas del precoz Renacimiento cultural del siglo XII, que se extendió a lo largo y ancho de una Provenza cuya gravitación cultural se extendía desde Marsella hasta Barcelona y más allá. Fueron los inventores, como insistió Ezra Pound ante la sectaria e ignara academia anglosajona de principios del siglo XX, de la poesía moderna. Refería el vate norteamericano que fueron los provenzales los primeros, desde la caída de Imperio, en entender la poesía como un arte, el arte de la poesía. Al mismo tiempo que los últimos, para desgracia de la tribu humana, en insistir en la esencia oral de la poesía. Versos para ser cantados, como cantó el aeda los hechos de Ulises. Que la poesía dejara de ser cantada fue una fatalidad que tuvo en Dante a uno de los responsables. A pesar de conocer bien la poesía provenzal, (“fu miglior fabro del parlar materno”, dice en algún verso del Purgatorio, para referirse a Arnaud Daniel, otro de los grandes trovadores), el autor de la Commedia sacrificó el canto por el cuento, que es que han hecho desde entones todos los poetas occidentales. La bárbara cruzada contra los albigenses, ordenada por el papa en 1209, puso fin a este primer y sofocado Renacimiento. Con los miles de víctimas, civiles y militares, fueron destruidos libros de partitura y miles de muestras de buena poesía. Estudié durante un tiempo el provenzal con la ayuda del magnífico diccionario provenzal-inglés, preparado por un filólogo alemán. Lo hacía animado por los escritos críticos de Ezra Pound, cuya poesía era el asunto de un largo ensayo patrocinado por la Fundación Guggenheim. Ya había sido publicada la magnífica recopilación del profesor Martín de Riquer en tres volúmenes bilingües, y en francés una cuidadosa colección en dos preciosos volúmenes. Del gran Ventadour es el más conocido de los poemas provenzales que sobrevivió la furia de la infame cruzada albigense. Un texto escrito para ser escuchado antes que leído.

Quand le vois l’Aloutte mouvoir,
De joie ses ailes vers les rayons du soleil,
Qui s’oublie et se laisse tomber,
Pour la douceur qui lui va au coeur,
Hélas! Si grande envie me prend,
De ceux que je vois joyeux,
Et je m’etonne qu’au cause de cela
Mon coeur ne fonde pas du désir.

Begur, miércoles 12 de agosto de 2026

Indianos en Begur

En Venezuela no conocimos, como en Cuba, México o Perú la condición del indiano, como se llamaba en España a los que habían viajado a América y regresaron ricos. Del asunto, y de manera pintoresca, se ocupó el autor de la zarzuela Los gavilanes. En su caso, el indiano regresó de Perú. Begur se considera la capital de los indianos de Cataluña. A lo largo del siglo XIX, más de 500 nativos (un número considerable en esos tiempos) marcharon a América, casi siempre a Cuba, a buscar fortuna y muchos de ellos la encontraron. A su regreso se hicieron construir algunas de las residencias más formidables del centro histórico. Como la que se hizo construir en 1872 Sebastià Puig, un palacio con amplios jardines y pinturas parietales, como era de rigor. O la de Josep Forment, un imponente palacio construido por Josep Forment, quien después de veinte años en Cuba regresó con fortuna suficiente como para construirse la más grande residencia de Begur y casarse con la más bella de las damas, veintiséis años menor que él, realizando los dos grandes sueños del indiano, lo que no pudo realizar, por lo edulcorado del tratamiento del asunto, el compositor de la zarzuela. La condición indiana debe tener su equivalente en Portugal, de acuerdo a Pessoa cuando cantaba, “Más allá del Tajo está América/y la fortuna de los que la encuentran”. La aventura indiana debe haber terminado para los españoles con la pérdida de Cuba en 1898 por parte de la mermada corona.

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