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Me di cuenta de quién era leyendo libros y también me di cuenta de que ya no era el mismo, leyendo libros; y para rematar, me di cuenta de quién quería y como quién no quería ser, leyendo libros. Sin ellos, hubiera sido una piedra, una araña, un molusco, un mamífero regido por apetitos y urgencias físicas. El descubrimiento de la música sería en la adolescencia, no Mahler o Beethoven, sino los primeros discos de Pink Floyd, Ummagumma, el telón de fondo de un complicado desarrollo emocional. A la final, acompañado de algunos libros de ciencia ficción, Kurt Vonnegut Jr., Robert A. Heinlein y más tarde Tolkien, se impuso la necesidad de estudiar psicología en la universidad, carrera interrumpida por actividades extra-curriculares. Ese fue el fin del comienzo, entonces arrancó mi vida consciente, o semi-consciente al menos. Recuerdo largas noches, despierto hasta la madrugada, intercalando lecturas de Paul Tillich y literatura medieval francesa, La chanson de Roland y Perceval. No hay manera de eludir el rol que jugaron los libros en uno.
Y hace unos días cayó en mis manos uno escrito por Naomi Kanakia: What's So Great About the Great Books? Why You Should Read Classic Literature (Even Though It Might Destroy You), publicado hace poco por Princeton University Press. Un libro extraordinario por muchas razones. Aclara que los clásicos, el canon literario occidental, fue parte inexorable en su proceso de crecer (getting old) y alcanzar la madurez. No tengo ni idea, afirma ella, de quién sería sin esos libros. La versión de mí misma sería probablemente muy diferente, sin saber a ciencia cierta cuál.
Es como si a través de los grandes libros se nos entregara una invitación a lograr estados de lucidez sobre los procesos internos y externos que nos agobian. Algunos propondrán una vida más controlada o conservadora; otros harán lo contrario, algunos serán de izquierda, otros de extrema derecha, dirían en las asambleas del PSUV, la ignorancia es atrevida. Muchos, entre ellos Naomi Kanakia, utilizaron las recomendaciones de Clifton Fadiman y Allan Bloom, el autor The Closing of the American Mind. Yo pasé por ahí, pero mi guía fue otro: Segundo Serrano Poncela, exilado español en la postguerra, profesor de la UCV y primer Decano de Estudios Generales en la Universidad Simón Bolívar. Fue amigo de mi padre y de su biblioteca cogí un libro gordísimo, La literatura occidental, donde estaban reunidos pequeños ensayos sobre obras fundamentales de la literatura griega, latina, medieval, renacimiento, barroco, et cetera, hasta llegar a la época contemporánea. Me propuse y casi lo logro, leer todos los libros de ese canon y cuando entré a la universidad a estudiar Letras, ya con 25 años de edad, leía por segunda o tercera vez aquellos volúmenes recomendados por el español. El problema, como lo apunta Kanakia, es que no siempre esos libros conducen a una mejor forma, no física, sino psicológica o moral. Años después surgió a la luz pública el rol jugado por Serrano en la Guerra Civil Española, cuando fue delegado de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, a las órdenes de Santiago Carrillo, futuro Secretario General del Partido Comunista Español, y firmó los traslados de las sacas de los presos en noviembre de 1936, triste proceso mejor conocido como las matanzas de Paracuellos, donde fusilaron a miles de políticos de derecha, sacerdotes, falangistas y simpatizantes de los Nacionales. Su trayectoria política fue debatida entre amigos, mi padre entre ellos. Al final el escritor español falleció en Caracas, pero dejó una obra importante, más allá de las espantosas afinidades políticas de su juventud, por lo cual no lo vamos a juzgar. Tampoco vamos a leer a Ezra Pound recordando que era antisemita y colaboró con Musolini. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como me explicaba mi hija. La complejidad moral siempre ha sido una característica de la buena literatura.
Tampoco es que esa lista representa sólo la opinión de hombres cristianos, heterosexuales, blancos, europeos y viejos: straight, white, christian, old white men, por más que pudiéramos empeñarnos en verlos así. Hoy los grandes libros nos permiten ya no sólo descubrir nuevos horizontes internos, sino sobrevivir. El post-chavismo está enfocado en hacernos creer que la vida en Venezuela se reduce a la sobrevivencia, en un clima de absoluto desaliento. Como escribió Boris Pasternak en Doctor Zhivago, una novela claramente parte de esa tradición de grandes libros: Y recuerda: jamás debes desesperar, bajo ninguna circunstancia. Esperar y actuar: esos son nuestros deberes en la desgracia. Y eso ha sido el chavismo: una desgracia, una plaga de mala suerte, infortunio, pobreza y dolor. Ese será su gran legado, la huella de su paso en la historia, por lo que serán recordados. Y ellos, estoy seguro, lo asumen hasta con orgullo, como los enfermos mentales que son.
Un poeta que logró desvelarme en esas largas noches de la adolescencia fue William Blake. Recuerdo mi asombro al leer unos versos del poema London, incluido en su obra Songs of Experience: In every cry of every Man, / In every Infant´s cry of fear, / In every voice, in every ban, / The mind-forg´d manacles I hear. Los grilletes forjados por la mente, la cárcel intelectual a donde nos han querido arrojar y de la cual logramos escapar gracias a la buena educación que tuvimos, no por ser hijos de burgueses o escuálidos terratenientes, sino cuando vivíamos en una pensión de estudiantes, trabajando de día y estudiando hasta tarde en la noche.
Muy difícil pensar que todos vamos a leer cientos de libros clásicos, indispensables para una buena formación humanista y que nos permita saber a ciencia ciarta a dónde queremos ir. Ninguno de mis amigos, me parece, se ha leído toda la bibliografía recomendada por Segundo Serrano Poncela o Clifton Fadiman: The New Lifetime Reading Plan (Un plan de lectura para toda la vida), que utilizó Naomi Kanakia. Pero juntos sí, entre todos seremos capaces de ejercer el criterio de tomarse en serio ese legado de miles de años de civilización. Juntos podremos aprender de la experiencia no sólo de hombres heterosexuales, blancos, cristianos y viejos, sino de la especie humana en su mejor expresión, enfocados a lograr lucidez personal y sobre el entorno.
La idea de esfera pública es justamente esa, un lugar donde la gente pueda reunirse, intercambiar ideas, hablar del país, de literatura o los chismes políticos del día. La revista donde publicamos estas elucubraciones, Laberinto, cumple ese rol, es un espacio digital, una pequeña comunidad de escritores y lectores que comparten ideas y análisis, sin amenazas. La misma función que cumple, en otra escala, el Papel Literario de El Nacional y siguen cumpliendo muchos otros espacios, físicos o no. Nadie puede reservarse el derecho de monopolizar esa capacidad para vivir el espíritu de Öffentlichkeit, como lo llamaba Jünger Habermas, y que pudiéramos traducir como transparencia, apertura o disposición para compartir libremente opiniones, como lo hicieron en la Ilustración los precursores de la Revolución Francesa en los cafés de París. Son demasiadas las voces venezolanas que piden el derecho a hablar. Y la salud de una sociedad civil es justamente esa, una aparente esquizofrenia de voces, pero vibrante cacofonía, que raramente se pone de acuerdo, en un país altamente politizado. La discusión pública no necesita estar condicionada o permisada por el gobierno o grandes empresas editoriales, que quieren monopolizar el canal que hace posible la expresión. La globalización, escribía Thomas L. Friedmann en The Lexus and the Olive Tree, impuso una democratización de la capacidad del individuo para expresarse, a pesar del interés de Estados o empresas que preferirían seguir controlando la esfera pública, imponiendo sus intereses económicos y políticos.
La lista de Naomi Kanakia es una conversación con gente del pasado que no era eurocéntrica y que difiere de nosotros en muchos aspectos, pero que nos enseña a cuestionarnos gracias a la emoción estética. La lista no es un trabajo de ingeniería social, pero expone verdades sobre la realidad que a su vez influyen en nuestra vida política, sin determinarla. El poeta Derek Walcott, por ejemplo, de la isla caribeña de Santa Lucía, autor de Omeros, opinaba que el estudio del mundo de la antigüedad griega era para él un aprendizaje constante. Y lo mismo podría pensarse de la última película de Christopher Nolan, que nos hace pensar sobre la desmesurada arrogancia de Agamenón y hasta del propio Odiseo, una condición expresada por la palabra griega ὕβρις o hubris, que desconocen tantos políticos, como le ocurrió a Maduro y a tantos de nosotros.
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