.png)
En 1940, el general Douglas MacArthur, declaraba: “la historia del fracaso en la guerra casi siempre se puede resumir en dos palabras: DEMASIADO TARDE” Lo decía con preocupación por lo que ocurría en Europa y por la formación del eje Berlín-Roma-Tokio. Mientras tanto, los políticos en Washington deliberaban sobre la repercusión electoral que tendría entrar, o no el conflicto. Ya lo decía Churchill, es corriente entre los políticos “pensar más en las próximas elecciones, que en las próximas generaciones”. Lo mismo ocurrió con Chamberlain y Daladier, temerosos de que sus electorados, les tacharan de guerreristas, optaron por dejarse engañar por un Hitler que ganaba tiempo para rearmarse; lo dejaron ocupar la franja desmilitarizada del Rin, sin mover un solo soldado y fueron luego a firmar el Pacto de Munich. No se había secado la tinta de las firmas del acuerdo, cuando Hitler invadió a Polonia y, no había pasado un año de la declaración de MacArthur, cuando Yamamoto los despertó, a las 6 de la mañana, bombardeando a Pearl Harbour. La indecisión, la demagogia y la procrastinación, permitieron que los malos ganaran tiempo.
Si es cierto que, como afirmaba el barón Von Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, pues entonces, también es cierto que, en la política, el tiempo es una variable fundamental. Ganar o perder tiempo, se convierte en uno de los “ítems” fundamentales para cumplir o no cumplir unos objetivos. Es más que evidente que hoy en Venezuela, el régimen trata de ganar tiempo. El horizonte de ese tiempo es que llegue el año 2030 sin que haya cambios políticos significativos. Para vender ese producto hace falta un argumentario. ¿Cuál es? Pues el de polarizar el país entre atorados y prudentes. Antes fue entre extremistas y racionales; entre comedidos y exaltados; entre negociadores y rupturistas. Los calificativos cambian, el libreto es el mismo.
Hace pocas horas, desde la vocería de la negociación, se nos explica que “el proceso se va a tardar un poco más, pero que el proceso es precioso” Está bien, está muy bien que se quiera que las cosas queden preciosas; es comprensible que se aspire que las cosas se hagan bien hechas. “Vísteme despacio que tengo prisa”, decía Napoleon a sus ayudantes de cámara, antes de la batalla de Waterloo. “Del apuro solo queda el cansancio”, dirán otros. Pero hay un asunto del que los preciosistas no han tomado nota. Es lo que el “etat d´sprit” de la gente (valga el galicismo) representa en este momento.
Veamos: Tomemos prestado del arsenal del cinismo político una frase que pasara a la historia. Guaicaipuro Lameda, asegura que se la dijo el ministro Giordani en la antesala presidencial de Miraflores: “Usted no ha entendido General, a los pobres no hay que sacarlos de la pobreza, hay que mantenerlos pobres, pero con esperanza”. Cinismo superlativo aparte, Giordani tenía razón en una cosa: la esperanza es uno de los pegamentos que mantiene unidas a las sociedades. En efecto, muchas de las grandes tragedias humanas han sido el resultado de grandes frustraciones colectivas. Hitler gano unas elecciones, cabalgando la enorme depresión espiritual de los alemanes humillados por el Tratado de Versalles; los bolcheviques la de un pueblo hastiado de la guerra que no veía salidas en el régimen zarista y, más cerquita, la de Chávez, montado en una ola de revancha social.
No hace falta encargar un enjundioso estudio de opinión para saber que en Venezuela la gente está expectante. Expectante significa que aún tiene esperanzas. Pero esta esperanza no es idílica, tampoco es la de las virtudes teologales. No es la esperanza “del que siembra cocos” o “la última que se pierde”. Se trata de una esperanza social, arraigada en el imaginario colectivo de que es posible un cambio político en el país. Se trata de un sentimiento peculiar. Tratemos de explicarlo: Se suele decir (y con razón) que, para establecer un puente entre las reivindicaciones materiales y la conciencia política, se debe acompañar a la gente en la lucha por esas reivindicaciones materiales; que se debe establecer una relación con ella y crear un liderazgo que luego “insufla” las ideas políticas. La famosa “correa de transmisión” de la ideología. Pues en Venezuela, ese viejo paradigma esta maltrecho. La mayoría de nuestros compatriotas está efectivamente preocupada por su problema concreto. Por su salario de hambre, por la luz, por la gasa que no hay en el hospital, pero nadie está esperando que ese problema lo resuelva un sindicato, un gremio, un alcalde o un gobernador. La mayoría de nuestros compatriotas está claro en que solo un cambio de dirección en el país, puede enderezar este entuerto
Por eso es tan peligroso guaralear con esto. Por eso, exponerse a que la gente pierda las esperanzas es un riesgo tan grande. Es el equivalente a destapar una inmensa caja de Pandora. ¿Entonces, por qué no aprovechamos esa reserva de esperanza de los venezolanos y nos enfocamos todos los que queremos un cambio, en la fijación de una fecha para que ese cambio ocurra? Que tenga lugar en paz, en democracia, con garantías para todos, sin revanchismos, con espíritu de reconciliación. ¿Qué tal si reconstruimos la unidad en torno a ese eje? ¿Qué tal si nos ponemos esa meta común y nos ponemos a trabajar para que todas las reformas se adecuen a esa fecha? La gente va a aguantar la pela y va a mantener la esperanza si hay fechas ciertas. Si todo sigue “sine die” y en el túnel del tiempo, todos vamos a correr un grave riesgo. Estamos a tiempo, vamos a montarnos en eso.
Que no sea DEMASIADO TARDE.
Suscríbete para recibir una notificación por correo electrónico con nuestra Newsletter semanal.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Suspendisse varius enim in eros elementum tristique. Duis cursus, mi quis viverra.