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La experiencia del tiempo

Japón siglo XIII

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Llegarán a nuestra familia dos nietos más, mellizos. Nunca podemos estar todos juntos al habernos visto obligados a emigrar, huyendo de una situación que no voy a contar, prudente autocensura, pero sí puedo decir que mi primera reacción al conocer la noticia, más allá de la inmensa alegría, fue pensar, dar contexto, ubicar y reconocer mi sorpresa apoyándome en un texto de la literatura japonesa clásica. No significa que no estaba feliz, sino que la mala costumbre de analizar todo prevaleció. Después de las risas y abrazos, recité en silencio unos versos del Hojoki de Kamo no Chomei: “Unos mueren al romper el alba y otros nacen en el crepúsculo, como aquellas burbujas en el agua.”

Los hijos de estos nietos que aún no han nacido tal vez lleguen a pensar en un bisabuelo que tuvieron, caraqueño de nacimiento, que emigró a España y escribió algunas cosas; y se preguntarán, con cierta curiosidad, mirando al cielo: ¿quién era?, ¿cómo pensaba? Encontrarán fotos digitales, ya no las borrosas de color sepia, recuerdos de nuestros antepasados, tomadas con una Rolleiflex y sus negativos 6 x 6. La familia se extiende al mañana, pero la historia pasada nos jala, como la marea viva del Mont Saint Michel, que desnuda las playas, revelando los secretos del fondo, las piedras sumergidas y los objetos que la historia fue depositando en la arena. Algunos de estos tesoros escondidos revelan sus genealogías, otros la callan para siempre; unos permanecen en la clandestinidad, sellados en catacumbas de la memoria, aunque siempre intentemos dejar constancia del esfuerzo por erradicar la marea del tiempo. Y nadie explica tan bien la naturaleza de esos archivos transgeneracional como Kamo no Chomei.

El escritor nació a mediados del siglo XII y a pesar de haberse criado en un medio social que le permitió frecuentar círculos intelectuales, tomó la decisión de retirarse a una pequeña choza desde la cual escribió en el año 1212, a la edad de 58 años, una obra maestra de la literatura japonesa: Hojoki o 方丈記, traducido por Ito Masateru, antiguo Embajador del Japón en Venezuela, con el título de Canto a la vida desde una choza. Los acontecimientos sociales y naturales que plagaron la vida de su país - terremotos, guerras civiles y grandes incendios - pudieran ayudarnos a entender por qué tomó la decisión de aislarse del mundo, pero no sería lo correcto y tampoco creo que Bourdieu o Castoriadis logren aportar mucho en ese sentido. La poesía de Kamo no Choumei va mucho más lejos, resonando hasta el día de hoy, con condiciones políticas muy distintas, y es una voz tan auténtica que nos ayuda a entender nuestras propias vidas, a miles de kilómetros de distancia de su ciudad natal, Kyoto.

Todo japonés conoce de memoria el inicio del libro: “La corriente del río jamás se detiene, el agua fluye y nunca permanece la misma” (行く川のながれは絶えずして、しかももとの水にあらず), una idea que podría recordarnos a Heráclito, pero el Mujō (無常) del budismo japonés se refiere a algo distinto, cercano ideológicamente quizás, como diría el gran filólogo Julio Casares, a la idea de impermanencia, un concepto clave, transmitido de muchas formas en la literatura nipona.  Surge también en el Heike Monogatari, otra obra del siglo XIII: "El sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena con la verdad de la impermanencia de todas las cosas.” Así como en otros conceptos ya más modernos, el  mono no aware o nostalgia ante la fugacidad de cuanto nos rodea, y el wabi-sabi, la belleza de lo imperfecto y efímero.

Esto va más allá de entender o captar una idea transmitida o que hemos experimentado con mayor o menor fuerza: implica vivir – no entender -, sino vivir, comer, amar, aprender idiomas, trabajar, aceptando la idea de la imperfección. No somos perfectos, ni lo seremos. En el cielo, si nos esforzamos en llegar, quizás podamos conocer al amor absoluto y a la Madre del amor hermoso, pero aquí no. Nos recubre la imperfección, como la tela de la ropa que llevamos puesta. Pocas ideas tan poderosas como la fugacidad del tiempo que se nos ha concedido, como le explica Gandalf a Frodo en el primer tomo de The Lord of the Rings: “All we have to decide is what to do with the time that is given us.” (“Todo lo que tenemos que decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado.”). Una cosa es presenciar la muerte de un amigo o familiar y pensar en la duración de su vida desde la perspectiva de su longevidad, medida en años; otra muy distinta internalizar su significado. Lo intrínseco, diría Romano Guardini, tiene precedencia sobre lo extrínseco. Lo humano ocurre en esos dos niveles simultáneamente, el exterior y el interior. Percibir la finitud no significa automáticamente tomar conciencia de ella. Acción y contemplación. Logramos ver y luego, a veces, entendemos.

La grandeza del Hojoki está en haber logrado transmitir sus imágenes a un tiempo lejano y a distintos continentes, en haber sido capaz de expresar su forma de percibir al mundo y recurrir a historias sencillas, propias de la vida cotidiana, para hacérnosla sentir, así nunca hayamos pisado una choza semejante. Es la complejidad de un lenguaje poético capaz de permitirnos aceptar esa nostalgia por la permanencia y dar testimonio de lo irremediable: pronto seremos un recuerdo, en el mejor de los casos, y sólo quedarán algunas buenas acciones o líneas bien escritas como huella de nuestro paso por la tierra. Quizás las accidentadas circunstancias de nuestras vidas, como la de tantos venezolanos, no permitan identificarnos con el desasosiego y las ansias de paz que llevó a Kamo no Chomei a convertirse en eremita. O a apreciar la metáfora del rocío mañanero que se evapora con el sol como imagen de nuestra corta existencia, así como de la necesidad de protegernos de tantas confusiones políticas y mentales, una tarea urgente a la cual sólo la religión, budista en el caso del poeta japonés o católica en el nuestro, puede proporcionar el solaz necesario para vivir en paz. Y mientras tanto, la alegría y las lágrimas de agradecimiento de mi hija Camille al enterarse de que será madre una vez más.

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